ARTÍCULOS Y RESEÑAS PARA PENSAR LA ESCUELA HOY

Tu escuela en casa: tres aportes clave

Por Inés Dussel


En La peste, el libro de Albert Camus de 1947, hay una frase del periodista Rambert que resuena con lo que vivimos en estos días. Rambert tiene la mala suerte de visitar una ciudad justo en el momento en el que brota la epidemia; al principio implora, en vano, un certificado de salud para poder irse. Con el correr de los días y sus charlas con el médico Rieux, el periodista empieza a cambiar de posición. “Yo creí siempre que era un extraño en esta ciudad y que no tenía nada que ver con ustedes. Pero ahora, después de haber visto lo que vi, sé que soy de aquí, lo quiera o no. Este asunto nos concierne a todos” (Camus, 2016, pp. 228-229).

En esta crisis, todos somos de aquí. Si alguien pensaba que podía huir a un lugar más seguro, los días van demostrando que no existen. El virus no reconoce fronteras ni sectores sociales, aunque por supuesto hay quienes están en mejores condiciones que otros para enfrentar sus efectos. Si algunas cosas resultaban impensables días atrás, de repente se vuelven aceptables y las prioridades se trastocan. Crisis como la actual tienen el extraño efecto de acelerar el tiempo -son tiempos virales, ya no solamente en Instagram- y también de detenerlo, de poner la vida casi como en suspenso. Pero estamos (re)aprendiendo que hay tareas importantes que nos tocan como humanidad y como planeta y, así como pueden verse vergonzosos actos de egoísmo, aparecen conmovedoras acciones de solidaridad.

¿Qué se puede hacer desde las escuelas y qué pueden hacer los docentes ante esta situación que nos toca? Es claro que frente a un peligro real y urgente, la escuela puede parecer irrelevante. Pero en el contexto de quedarnos en casa, creo que es importante para los chicos, las familias y la sociedad que la escuela se sostenga en y por otros medios que los habituales; de ahí la importancia de Tu escuela en casa. La escuela ya no opera principalmente en un espacio físico, pero puede jugar un papel relevante afirmándose como un espacio de conocimiento, un centro de solidaridad pública, y ofreciendo un tiempo que conecta con horizontes de largo plazo, más necesarios que nunca en una situación en la que la urgencia se impone con mucho dramatismo.

En primer lugar, es bastante obvio decir que la escuela tiene un rol privilegiado en relación con el conocimiento, pero es menos obvio reflexionar cuál es ese papel en las condiciones actuales. Quizás una de las pocas buenas noticias de la pandemia del coronavirus es que la ciencia y los científicos vuelven a ocupar un lugar legítimo en la sociedad. Si en los últimos años nos habíamos acostumbrado al avance aparentemente arrollador de las fake news y la posverdad, en estos días vuelve a aparecer una mayor confianza en la ciencia y en los científicos como voces autorizadas para diagnosticar los problemas y ofrecer algunas soluciones. Por supuesto, la ciencia no es una verdad revelada y no se trata de volver a colocarla más allá del debate público y de los asuntos humanos; sin embargo, hay que valorar que es un modo de producción de conocimiento más democrático que otros porque está sometido a una crítica de pares, porque se reconoce falible y porque tiene que dar cuenta de cómo produce sus enunciados (los métodos que sigue, las muestras que considera, entre otros aspectos). Todas esas características la convierten en una voz más democrática que los trolls de las fake news, que imponen por la fuerza de los números o la seducción opiniones no fundamentadas y tendenciosas. En el contexto actual, la colaboración científica a nivel internacional no tiene precedentes y eso ha permitido identificar rápidamente la composición genética del virus y ponerse a trabajar en encontrar tratamientos eficaces y desarrollar vacunas. Los epidemiólogos están asesorando a los gobiernos (y son escuchados) y los ingenieros y diseñadores están trabajando para producir más equipamientos para la emergencia. Hay una unión de esfuerzos, muchas veces promovida de manera horizontal, que permite un margen de esperanza sobre el final del túnel.

En estas semanas, que parecen meses o años, todos estamos aprendiendo sobre los virus y en general sobre las enfermedades, sobre las formas de producción de la ciencia y el rol de laboratorios, empresas y universidades, sobre los cuidados de la salud, sobre la estadística de las epidemias y sobre la geografía y la política mundiales. También escuchamos y participamos -en distintos grados- de debates muy importantes sobre los costos sociales y humanos de la pandemia y sobre las políticas para mitigarlos; tomamos partido por tales o cuales medidas y tratamos de informarnos lo más posible. Se empieza a notar un esfuerzo de las políticas públicas y los medios de comunicación por contener las campañas de desinformación que difunden noticias falsas. Otro fenómeno visible en estos días es que la población responde, muchas veces con creatividad y con humor, a la situación creando sus propios textos, memes y videos. La participación cultural en redes está llena de comentarios que son indicadores de humores y sentimientos colectivos, que generan un archivo impresionante sobre este momento de la humanidad. Todas esas acciones y gestos movilizan saberes que son importantes para enfrentar esta crisis.

¿Qué diferencia puede hacer la escuela en este contexto? Aunque no actúe en el espacio de un edificio escolar, en su modo virtual puede ofrecer, como lo hacía en las aulas físicas, un espacio donde cada uno de los temas que preocupan se convierta en preguntas que originen proyectos de conocimiento. Con los conocimientos que pone a disposición y los lenguajes que ofrece para entender el mundo, la escuela puede ayudar a comprender mejor los procesos que estamos viviendo en sus distintos niveles (biológico, social, económico, político, subjetivo) y en sus interconexiones y permitir profundizar en los dilemas que se nos presentan. Puede también contribuir a mirar críticamente las campañas de información y de desinformación, analizando cómo funcionan hoy los medios de comunicación tradicionales y las nuevas redes sociales. Puede valerse de distintos soportes (papel impreso, manuscrito, lápiz o tinta, pantallas, teclados, pizarrones reales o virtuales) como lo ha hecho desde hace mucho y puede ayudar en este contexto tan especial, que pone a prueba lo virtual, a que se reflexione sobre los medios con los que producimos la cultura, que tienen sus posibilidades y sus limitaciones. Puede poner en diálogo esta situación con otras crisis -epidemias, guerras, dictaduras, crisis económica- que se han pasado en distintos lugares y momentos, identificando recursos, consecuencias y deudas pendientes. Puede ayudar a que sentimientos como el miedo y la incertidumbre sean puestos en palabras o imágenes, se compartan y conversen con otros, dándoles un cauce creativo, eventualmente reparador.

El compartir y conversar con otros se vincula al segundo aspecto que quiero resaltar del rol de la escuela: el de ser un espacio público donde pueden construirse o renovarse lazos solidarios. La escuela ha sido y es un lugar social privilegiado en distintos momentos históricos; por ejemplo, cuando dio refugio a los desplazados por las inundaciones o cuando se extiende en un comedor que alimenta a los sectores desprotegidos. No hay muchas otras instituciones estatales que lleguen hasta donde llegan las escuelas y que lo hagan para garantizar el cuidado de la población y la inclusión en una cultura común, es decir, que sean espacios de ciudadanía. La trama territorial y comunitaria de las escuelas es un gran recurso en un momento en que hay que responder colectiva y solidariamente a una situación inédita. Las escuelas pueden ser el centro de acciones solidarias porque conocen sus comunidades y porque tienen una legitimidad para ser el eje de políticas de cuidado y protección de la vida de todas y todos. Esas redes territoriales son, también, redes virtuales; los grupos existentes de Whatsapp, Facebook y otras plataformas pueden usarse como modo de conexión y de sostén afectivo y material, como así también movilizarse para evitar campañas de desinformación.

Finalmente, hay un tercer aspecto que parece menos tangible pero que, sin embargo, quizás sea su contribución más importante. Las escuelas son instituciones públicas que organizan el encuentro entre generaciones en torno a un tipo de trabajo con el conocimiento que tiene plazos más largos que las urgencias. Podemos llamar a ese tipo de trabajo con el conocimiento estudio, formación o desarrollo de competencias o capacidades -personalmente prefiero el primer término, pero no importa demasiado-. Lo que quiero resaltar es que la escuela propone una forma de operación con los saberes que se distancia del saber cotidiano y trae lenguajes o procedimientos -que, en principio, deberían ser crecientemente complejos y elaborados- para que las nuevas generaciones entren en contacto con los saberes acumulados por la humanidad. Pero ese contacto no es unidireccional, de los viejos hacia los jóvenes, sino que la escuela tiene que ofrecer el tiempo para que los nuevos se apropien de esos saberes a su ritmo y en diálogo con las condiciones que se presentan en cada etapa.

Decía Walter Benjamin, un crítico cultural alemán, que cada generación tiene su propia cita con el pasado; para él, el pasado no es un paquete predefinido de hechos y nombres, sino un conjunto de experiencias que se actualizan en cada nuevo encuentro intergeneracional. La escuela es, o debería ser, un espacio-tiempo de encuentro con una herencia acumulada de saberes y también la oportunidad para reescribir esos saberes en nuevas condiciones, para que cada generación se inscriba en esos saberes comunes y defina su propio aporte. No quiero plantear este encuentro como armonioso o idílico; hay que reconocer que muchas veces toma la forma de rechazos, rebeliones y transgresiones. No importa: si se armó ese espacio con generosidad y confianza, el diálogo aflorará más temprano o más tarde. Pero si no surge, habrá que preguntarse si las pedagogías que ponemos en juego son realmente invitaciones a trabajar juntos sobre la cultura común o si ya es hora de revisar las opciones elegidas.

La escuela como lugar de encuentro con una herencia acumulada pone en acto un horizonte de largo plazo que es importante para las sociedades y más todavía cuando los cambios son vertiginosos y las amenazas a la vida se muestran bien reales. Un buen ejemplo son las escuelas hospitalarias, que les dan a los chicos enfermos una actividad y una rutina que tiene valor en sí misma y que abre la posibilidad cierta de un mañana. De manera similar, la experiencia de seguir estudiando sobre lenguajes o experiencias distantes en el contexto de la pandemia, con los medios y en las plataformas que tengamos a mano, puede ser un refugio contra la invasión de información y un buen modo de adoptar perspectivas más amplias y complejas sobre el mundo en el que vivimos. Puede ser también una buena forma de aprender rápido que, como Rambert, todos somos de aquí, de este planeta, de esta humanidad, y tenemos que pelear juntos esta batalla.

Los epidemiólogos hablan mucho estos días de la importancia de ganar tiempo en la pelea contra el virus. La escuela, en la modalidad que sea, es buena aliada porque ofrece tiempo, porque nos conecta con horizontes de largo plazo y porque nos ayuda a recordar que, después de toda crisis, se abren otros futuros, ojalá que mejores, más solidarios, más sólidos y rigurosos sobre lo que somos, sabemos y queremos como humanidad. No es poco.